Los lobos o la humanidad.

 Cuando a finales del año pasado se estrenó Los Domingos de Alauda Ruiz de Azúa, las reacciones no se hicieron esperar. La directora, en todas las entrevistas explicó que pretendía invitar al debate con su película. Y debates hubo, en las redes sociales aún se pueden leer todo tipo de comentarios. Hubo gente que acusaba a la directora de mostrar la vida monacal como una salida más para la juventud que se encuentra perdida, como la que se va de niñera un año a Irlanda para aprender inglés mientras piensa qué hacer con su vida. Sinceramente creo que hablaban sin haber visto la película. También hubo gente, mayormente ligada a la Iglesia, que compraba esta idea en positivo y agradecía que en una película se mostrase la vocación de una chica joven, porque estas personas realmente lo entienden como una opción más. Y por otro lado estaban los que centraron el debate en la familia, en qué papel adoptarían y cuál debería ser el adecuado cuando alguien de tu familia, tu hija, nieta o sobrina, viene un día y te dice que quiere ser monja de clausura. 

De lo que no se debatió tanto es de lo que para mí es la idea clave de esta película. ¿Por qué? ¿Qué lleva a una chica de 17 años a tomar la decisión de aislarse del mundo ingresando en una orden religiosa? Y sobre todo, ¿por qué el personaje de Ainara en Los Domingos me recuerda tanto al personaje de Julia en la serie de Salvador?



Vamos por partes. Primero voy a presentaros al personaje de Julia en la serie Salvador, a la que interpreta Claudia Salas.

El personaje de Julia, a priori, no tiene mucho en común con el de Ainara. Hija de académicos de ideología progresista, madre adolescente y militante activa de una banda neonazi. Así, en principio, no hay muchas similitudes con una niña de colegio de monjas con una vocación inusual en las chicas de su edad. Ainara siente la llamada de Dios y Julia llama taxis con el brazo cuando juega su equipo de fútbol. Pero lo cierto es que ambas toman caminos paralelos. 

Ainara pierde a su madre siendo apenas una niña y en su familia nadie ocupa ese rol. Su padre está ausente emocionalmente y solo hace acto de presencia para mostrar su autoridad. Según pasan los años; a este señor sus hijas y en especial Ainara, que al ser la mayor es la que más vivo tiene el recuerdo de su madre; como que le sobran. Su abuela y su tía la quieren, pero no viven con ella, no la acompañan como ella necesita y además no hacen por reemplazar el lugar de su madre. Ocupan el papel de abuela cariñosa y de tía guay. No están para consolarla, apoyarla, resolver dudas o mostrar la ternura que hubiera buscado en su figura materna.

El camino de Julia comienza más tarde que el de Ainara, en la adolescencia. Cuando se queda embarazada de un chico de clase obrera, sus padres dejan de lado cualquier ideal progresista, se muestran clasistas despreciando a su pareja y no le dan más opción que la de interrumpir el embarazo o irse de su casa. Con el sistema de valores que le habían inculcado desde pequeña quebrado, decide irse. Fuera de la burbuja de comodidad y bonitos ideales en la que vivía con sus padres, Julia se ve abocada a enfrentar la precariedad laboral sola y cualquier valor de tolerancia o solidaridad que había aprendido de sus padres se acaba esfumando.

Ambos personajes quedan en una situación de vulnerabilidad. Ainara pierde a su mayor referente y no encuentra consuelo ni reemplazo en su círculo más cercano. Julia es repudiada por sus padres y experimenta la vulnerabilidad no sólo emocional sino económica y siente que ese Estado del Bienestar del que siempre ha oído hablar en su casa también le da la espalda.


Y llegaron los lobos: el aislamiento y la rabia.

Ainara crece y vive su vida en el mismo colegio de monjas que eligió su madre, desde los 3 años hasta los 18. Toda su vida fuera de casa gira alrededor del colegio. Las clases lectivas, las extraescolares, los campamentos con “ejercicios espirituales”…

Allí encuentra su refugio con las monjas de su colegio; sus profesoras, monitoras se convierten en sus referentes. Acude a ellas como lo hubiera hecho con su madre y las ve como un ejemplo de conducta igual que el que asocia al recuerdo de su madre. El mundo es cada vez más complicado; en su familia no encuentra el apoyo que necesita, pero con las monjas siempre tiene un lugar. Y ese lugar le da paz, sin el mundanal ruido, ni su padre autoritario y distante. Pasan los años y esto es lo que Ainara va asimilando hasta que, tras el fallecimiento de su abuela, la única figura maternal que le queda en su familia, siente definitivamente la llamada. 

La situación de Julia es más complicada. En un mundo competitivo en el que tiene que trabajar sola para sacar adelante a su hija, no encuentra la solidaridad ni el bienestar del que tanto hablaban sus padres: "Yo no era racista, qué va. Pero aquí vienen muy pocos de fuera con un doctorado en antropología que le puedan quitar el trabajo a mi padre. En cambio, reponedores de supermercado, a patadas. Y si para defender lo mío tengo que dar hostias, pues las doy”. Este diálogo en el que Julia explica a Salvador, personaje que interpreta Luis Tosar, cómo acabó radicalizada en una banda neonazi, resume bien un discurso, sí, tramposo y facilón, pero al que no pocos se agarrarían si estuvieran lo suficientemente desesperados. Cuando todos los valores en los que te habían educado se convierten en humo y la única mano que encuentras tendida es la que ladra “son ellos o nosotros, o estás con nosotros o contra nosotros”, no es de extrañar que tu también acabes ladrando. 

Ainara y Julia son personajes de ficción, pero reflejan un problema muy real. La familia de sangre, la que te toca en suerte, no siempre está a la altura de las circunstancias y, cuando careces de una red alternativa que te sostenga, eres vulnerable a los lobos. 

Somos animales sociales, necesitamos de los otros para sobrevivir, necesitamos sentirnos parte de algo: una familia, un grupo, una tribu.. 

Ante el descontento con un sistema que llega mal y tarde, si es que llega, o ante la falta de referentes entre los que se supone que deben protegernos y cuidarnos, no podemos permitir que la única respuesta sea una unión de unos contra otros, ni el aislamiento del mundo para vivir al margen del ruido. 

Los ciudadanos tenemos el deber de marcar el camino a nuestros gobernantes; no necesitamos otro apagón para salir a la puerta de casa a hablar con nuestro vecino, ni un desastre natural como la DANA para implicarnos en los problemas de nuestro barrio.

Convivir es resistir; tejer redes entre todos es combatir a los que nos quieren enfrentados unos contra otros o aislados. No podemos aislarnos del mundo, ni en un grupo que combate la diferencia, como si no fuera la suma de todos los individuos y sus diferencias lo que compone la humanidad.

Solo tenemos que levantar la cabeza sin miedo ni rabia y mirar a nuestro alrededor, para comprender que mientras haya otra persona que nos devuelva la mirada de igual forma los lobos no podrán devorarán la humanidad.










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