Farenheit 451 La distopía que demonizó a las masas.


 Farenheit 451 es uno de esos libros que la gente espera que te hayas leído en el instituto. O al menos eso me dijo mi madre cuando un amigo me lo regaló por mi cumpleaños seguido de la muletilla “no me creo que no lo hayas leído”. He de decir que yo me alegro de haberlo leído a los 30 y no a los 15 porque hay bastantes cosas que no sé si hubiera percibido en mi adolescencia. 

Ray Bradbury escribió esta distopía a la que muchos intelectuales han hecho referencia últimamente para comentar este presente tan voluble en el que vivimos. A grandes rasgos retrata una sociedad anestesiada, constantemente bombardeada por mensajes publicitarios y todo tipo de estímulos. En las casas, las pantallas ocupan todas las paredes de una sala, en el transporte público se reproducen cuñas machaconas constantemente; y si vas en coche sólo puedes percibir unas gigantescas vallas publicitarias porque la velocidad mínima es de 80 km por hora. 

Todo son estímulos, velocidad y peligro, de modo que es muy difícil plantearse cuestiones como: ¿por qué esto es así? El arte es abstracto, el audiovisual se reduce a bromas, explosiones y música; y los libros están prohibidos, los que encuentran son quemados. Y quien a pesar de todo esto mantiene un pensamiento crítico acaba siendo eliminado.


Para mi lo más interesante de esta historia es: ¿Cómo se llega a esta situación? 


Antes que nada, el libro sí me ha gustado.  Lo leí en día y medio, con bastante ansia además. El motivo por el que decidí escribir sobre este libro es porque el autor erra el tiro en algo fundamental. ¿Quién tiene la culpa de que se caiga en una distopía como esta? 


Bradbury, que escribió esta novela en 1953; un  hombre, blanco, estadounidense, hetero, y a pesar de tener unos orígenes humildes o tal vez por eso mismo; señaló dos culpables: las minorías y las masas. ¡Sorpresa!


El bueno de Ray explica a través del personaje antagonista, el jefe de bomberos, que con la llegada de la cultura de masas (el cine, la radio, la televisión y los deportes como espectáculo), y la gran cantidad de minorías que surgen por el aumento acelerado de la población; serían las dos balas que matarían la cultura. 


Ojo al argumento porque seguro que te  resulta familiar. Al haber muchas y diversas minorías el contenido cultural siempre enfada a alguien, lo que gusta a unos enfada a otros y viceversa. “Cuanto más grande es tu mercado, más te cuesta manejar la controversia” dice el Jefe de Bomberos.

El antagonista esgrime que los creadores se cohíben cada vez más por no ofender, hasta que se autocensuran por miedo a la crítica. Lo de “es que ya no se puede decir nada” viene de lejos. 


Ahora vamos a pensar a que tipo de minorías ofendidas se podía referir este señor, estadounidense, blanco, heterosexual en 1953. ¿Quizás tenían motivo para ofenderse?...


Este argumento no es muy difícil de desmontar, cada vanguardia artística, cada innovación tecnológica, cada nuevo género musical o literario se ha encontrado detractores. Algunas de esas innovaciones han evolucionado, otras han continuado sin muchos cambios y otras están en peligro de extinción, pero no porque sean ofensivas para ninguna minoría. De hecho las críticas suelen incentivar bastante a seguir por la línea que es criticada. Ya sabes: “No existe la mala publicidad”. 


Una vez aclarado el tema de las minorías, vamos con las masas. 

Las masas para este señor son lo mismo que para Ortega y Gasset, gente que no pasa el test de la Oreja de Van Gogh. Es decir, si no tienes talento y cultura (como lo entienden las élites), manos bonitas (porque no eres un trabajador manual de la industria o del campo) y hablas francés (que todo suena mejor), tu criterio y tu capacidad para consumir cultura no son aceptables. 

Ray Bradbury augura que la creación se plegará a los deseos de un mercado dominado por las masas, aquí no iba muy desencaminado. Aunque siempre hay algún “outsider”. 

Pero si se equivocó en lo que demandarían las masas a este  mercado, obras cada vez más cortas y simples, carentes de contenido reflexivo. Cada vez habría más espectáculo, cada vez más entretenimiento, porque para este señor cultura y entretenimiento eran cosas muy distintas. Hasta que, según dice el antagonista  “todo se reduce a la sorpresa final”. 

Y lo mismo con las obras anteriores al siglo XX, las que el autor sí entiende como cultura. Las obras de Shakespeare, Platón o incluso La Biblia se reducirían a resúmenes de una sola página. Respecto al mundo académico el jefe de Bomberos, dice “De la universidad a preescolar”. “Se acorta la escolarización, se abandona la historia, la filosofía, los idiomas, o cualquier cosa que no tenga una aplicación práctica”. La única creación que se sigue demandando es la que tiene que ver con el entretenimiento más puro, el deporte, los contenidos soeces o violentos.


Vamos a aclarar un par de cosas. Como diría mi atoradísima Henar Álvarez (@henarconh_) en Instagram: “Que te guste que te metan un dedo por el culo no te hace maricón y que te guste la televisión y el entretenimiento no te hace analfabeto pero hay gente que es tan simple y tan básica que no son capaces de entender esto”. 

Separar la cultura de las grandes obras y el entretenimiento es absurdo. Una cosa no puede desterrar al olvido a la otra. En el entretenimiento está la esencia de la cultura. En los últimos años hemos tenido obras de teatro que situaban la historia de Romeo y Julieta en un reality, videoclips de música urbana cargados de iconografía religiosa, desfiles de moda inspirados en cuadros… El entretenimiento no sustituye a la cultura, se alimenta de ella y la cultura se retroalimenta del entretenimiento. 

Quiero dejar claro que para mí no son cosas distintas, ni hay una escala, no es más cultura El Quijote que un reality o un partido de fútbol. ¿Cómo no va a formar parte de la cultura algo que es capaz de provocar lágrimas de emoción, de rabia o de risa, ya sea una película, una final del Mundial o un capítulo de Drag Race?


Añado aquí la mejor definición que conozco de cultura. Juan Diego Botto en No te metas en política: “La cultura es la forma en la que nos entendemos, nos reflejamos y nos conocemos. Lo que queda de un país, la seña de identidad de un país a la larga es su cultura. Lo que ha sido capaz de reflejar y como ha sido capaz de interpretarse”. Creo de verdad que lo que algunos consideran “sólo entretenimiento”, nos refleja tanto como  sociedad como nos reflejamos en El Quijote.


Siguiendo con esta deriva Bradbury apostaba porque la simplificación de los contenidos siguiendo la corriente de las masas ignorantes, y las minorías ofendidas, desmotivarían a los creadores. Los escritores acabarían tirando sus máquinas de escribir, porque nadie ya compraría ni la versión más simple y reducida de sus historias. 


En este momento me gustaría dedicar un pensamiento al autor, allá donde esté: Vamos a ver alma de cántaro, ¿Pero en USA no tenéis el equivalente a “más vacío que el bolsillo de un poeta”? 

Escribir, componer, filmar una película, o un documental, o un reel de Instagram es una pulsión creativa que nunca ha dependido de la rentabilidad o de que haya gente que le guste lo que hagas. Sino que se lo pregunten a los raperos del metro. 

Aquí me gustaría citar a David Trueba hablando del cine español: “El cine seguiría existiendo aunque no tuviera subvenciones. Lo que no existiría serían las fábricas de SEAT. Hay cine en Palestina, en Ecuador, en Bolivia. El cine es una pulsión narrativa de un país. Que igual si me dices que sí tendría poetas o si tendría cantautores, claro que los tendría. Porque hay gente que nace y quiere hacer eso, quiere contar así su historia. Poner tuercas en una línea de producción, sólo se hace cuando hay unas condiciones económicas que hacen que resulte rentable.”


Y así llegamos al último salto a la distopía según Bradbury. Los ejemplares de las grandes obras serían vistos con recelo por la población, al no entenderlos o provocarles preguntas que no sabrían responder. “Intelectual” sería considerado un insulto y la “vieja cultura” un motor de descontento social. De nuevo el Jefe de Bomberos explica: “Quien sepa desmontar una pared de televisión y volver a montarla, y la mayoría sabe, es hoy más feliz que quien pretenda , con fórmulas matemáticas medir y cuantificar el universo, que no se dejará cuantificar ni medir sin sentirnos primitivos y solos”.


Finalmente un gobierno ve la oportunidad y prohíbe los libros. El trabajo de los bomberos se convierte en encontrar los libros que unos pocos ocultan de forma clandestina y quemarlos, todo en pro de la “paz social”. Dice el antagonista: “Sin clavos y madera, no se puede construir una casa. Si no quieres que se construya una casa, esconde los clavos y la madera. Si no quieres que alguien esté políticamente descontento, no le muestres las dos caras de la moneda; muéstrale una. Mejor aún, no le muestres nada”.


Me encanta que sea el gobierno el que prohíba los libros y ordene quemarlos, pero se hace especial hincapié en que la cultura ya la habían matado las masas y las minorías quejicosas.


Después de todo esto solo quiero decir: Si has llegado hasta aquí gracias por leerme. Escribir es algo que he empezado a hacer para desahogarme y porque tenía la necesidad de hacer algo creativo, pero ver que hay gente que lee lo que escribo me anima a continuar. 


Dicho esto, quiero dejar un mensaje optimista. Ray Bradbury se equivocó, la cultura de masas y las minorías no mataron la cultura, trajo otras nuevas formas de crear nuevos contenidos y de difundir el  anterior. El pensamiento crítico no está muerto, cada día se generan nuevos debates y puntos de vista. 

Y aunque siguen faltando altavoces, no faltan voces que se alzan.

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